El dragoncito / primera parte

Primera parte
CUENTO: EL DRAGONCITO

Cuento popular

Has de saber para contar y entender para saber, que hubo una vez un caballero que tenía tres hijos: dos varones y una hembra. Esta se llamaba Mariquita y era muy querida de su padre y de sus hermanos

Un día que estaba Mariquita en el jardín encontró un dragón pequeñito, por el cual sintió compasión y se lo puso en el seno. Allí lo crió y cuando fue más grande lo guardó dentro de un baúl. Todos los días guardaba ella un plato de comida e iba a llevársela al baúl. Al abrirlo le decía al dragoncito:

-¡Florecita mía!

Y el dragón respondía:

-¿Qué quieres alma mía?

Sacaba la cabeza y se comía la comida.

El padre de Mariquita preocupado por saber para quien guardaba la comida, mandó a sus criados que la espiasen. Pronto vieron al dragón, que se había hecho de un gran tamaño y asustados, fueron corriendo a contar al patrón lo que habían visto, diciendo que era un animal muy horrible. El caballero lo fue a ver, y verdaderamente le impresionó la vista del reptil, por lo que mandó luego a un sirviente que fuese con él a la montaña y lo matara.

En vano la niña suplicó que se lo dejasen pues lo había criado ella desde chiquitito; su padre no quiso transigir; solo dijo al criado que en lugar de matarlo, lo dejase vivo en el monte. La niña quedó llorando mucho a su dragoncito, pues lo quería como un hermano, y así pasó muchos días muy triste.

Un día su padre tuvo que mandar a sus dos hijos con un recado al palacio del rey, que residía en la ciudad vecina. Estando con esta ocasión comiendo en la mesa del rey, le refirieron muchas cosas, pues eran muy instruidos en todo, y entre ellas le dijeron:

-Nosotros tenemos una hermana muy singular: cuando se ríe desparrama perlas finas, cuando se lava las manos, el agua se vuelve al día siguiente   un pan de plata, y cuando se peina, el pelo que se le cae se convierte en hebras de oro.

-¿Es posible?-exclamó, admirado el rey.

-tan posible es- dijeron los jóvenes-, que que nos comprometemos a perder la cabeza si no es como hemos dicho.

-Pues bien- dijo el rey-, voy a pedir a vuestra hermana en matrimonio y si no sale cierto lo que decís, os mandaré cortar la cabeza en castigo de haberme engañado.

Seguidamente mandaron propios al padre pidiéndole a Mariquita para casarse con el rey, pues además de los dones que sus hermanos habían contado, tenía el ser hermosa como el sol y buena como una santa.

El padre consintió muy gustoso y la mandó al rey, acompañada de su nodriza. Esta tenía una hija llamada Estefanía, y ella y su madre eran envidiosas y de corazón muy malo

Cuando llegaban a la mitad del camino de la ciudad, al pasar por un bosque muy espeso, se quedó dormida Mariquita. Entonces propuso Estefanía a su madre:

-¿Sabes que estoy pensando?

-¿Qué?-dijo ella.

-Que sería muy bueno que sacásemos los ojos a mariquita y los dejáramos en esta montaña, y como el rey no sabe cómo es mariquita le diremos al rey que soy yo y se casará conmigo.

-Muy bien- contestó la vieja de su madre-.Así lo haremos.

Y así lo hicieron. Más viendo que los ojos eran muy hermosos, en vez de tirarlos, los guardaron en un pañuelo y luego los pusieron en un vaso.

La pobre Mariquita pasó una noche terrible en el bosque, pues toda la noche tronó y llovió sin cesar, estaba muerta de frío y de dolor.

Al día siguiente fue un viejecito al bosque, con su burro, a buscar una carga de leña, para llevarla a vender a la ciudad y comprar con su producto algo de comida para su familia. Este viejecito encontró la joven con los ojos sacados y, movido a lástima, en vez de llevar leña se la llevó a ella a su casa en el burrito.

El viejecito tenía tres hijas de duro corazón que le trataban muy mal. De modo que cuando le vieron venir sin leña y en su lugar una mujer, se pusieron a gritar furiosas:

-¡Viejo maldito! ¿Qué nos vas a dar de comer hoy? ¿Será esta mujer acaso? ¿Vienes a traernos otra boca más para que acabemos de morir de hambre de una vez? ¿De qué nos servirá esta ciega que no puede ganarse la comida?

-Tened paciencia, hijitas; esta pobrecita estaba abandonada en el monte y me dio lástima y la traje. Ya iré ahora a por la carga de leña, y pronto tendréis vuestra comida; yo dejaré de comer mi parte y se la daré a ella.

Pero las hijas le gritaron más y más diciendo que por causa de aquella ciega él se moriría de hambre, y entonces ¿Quién trabajaría para ellas? Al fin el buen viejo consiguió a apaciguarlas un poquito. Salió en busca de la leña, la vendió y les trajo su alimento.

Mientras tanto las hijas, malhumoradas, comenzaron a maltratar a la pobre Mariquita. No obstante, una de ellas más caritativa que las otras consiguió que la dejasen en paz. Entonces Mariquita dijo:

-Hermanita, traeme un poquito de agua para lavarme las manos.

Ella se la trajo en una tapaderita. Las otras hermanas gruñeron:

-¡Qué gran señora! ¿No podía ir a lavarse al río?

Pero la buena hermana replicó:

-¡vaya! ¿NO veis que la pobrecita es ciega y se puede caer al agua?

Mariquita después de lavarse las manos, dijo:

-Guarda, hermanita, esta agua para mañana.

La hija del viejecito le dijo:

-No es preciso; mañana te traeré otra agua.

Pero mariquita insistió:

-No, quiero esta misma.

Al fin, la muchacha la puso entre unas matas, para guardarla, y se derramó un poco en el suelo. Al día siguiente dijo Mariquita a su amiga:
-Hermana, tráeme el agua que ayer te rogué que guardaras.

Ella se fue a buscarla y encontró en su lugar un pan de plata, lo mismo que unas gotas de plata derramadas entre las matas…

El dragoncito segunda parte    Cuentos de antes, cuentos de ahora

Acerca de Angel

Intento sobrellevar un tiempo emocionante para sus protagonistas, cansino para el observador, de inacabable ir y venir, donde no se ha sabido acotar un terreno de encuentro ni arbitrar unas reglas del juego por todos respetadas, porque fuesen respetables.

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