Arturo y el charco en el camino

Arturo y el charco en el caminoTodo iba bien, todo normal, hasta que  Arturo se encontró con un pequeño charco en medio del camino.

Realmente molesto, miró a su derecha y vio unos arbustos de flores blancas y hojas espesas que a duras penas ocultaban unas amenazadoras espinas que le hacían imposible rodearlo por ese lado.

Al lado izquierdo, un empinado talud de rocas sueltas que amenazaban con rodar hasta el fondo de un escarpado río, daba a entender a las claras que tampoco pasar por  ese lado era  alternativa.

Se quedó pensativo mirando, ora el pequeño charco, ora sus botas. El charco era gris con apenas un dedo de agua clara por su parte superior que dejaba ver sin dificultad el fondo de un gris claro. Más ancho que largo, el charco ocupaba todo el camino, por lo que –desechando bordearlo–, las únicas alternativas eran, o aventurarse y pisar el charco  o dar vuelta atrás y buscar un camino alternativo.

Miró sus botas relucientes, impermeables, resistentes, pensadas para el duro andar por esos vericuetos que el destino se empeña en poner a veces ante los elegidos para ayudar a los demás a liberarse. Y pensó que estaba preparado, cómo estuvieron otros tantos antes que él para luchar contra los tiranos empeñados en hacer callar al pueblo: los demás, equivocados y confusos no cuentan.

Arturo ha decidido que ha  llegado el momento, porque después de tantos años de ardua tarea de aleccionar y educar a generaciones, estas ya tienen edad de demostrar  con un voto que han sido aplicados. El resto del adoctrinamiento lo hace el bombardeo mediático perenne y cansino de los medios de comunicación  afines comprados para la causa.

No puede esperar más. Aquellos chiquillos iniciados y criados con la doctrina, hoy se han hecho votantes, y los votos son los que cuentan. No puede esperar más, porque las cosas tienden a mejorar, las personas de sangre encendida y reacciones viscerales tienden a volverse reposadas y serenas y con sentido común, todo perdería sentido.

Miró hacia adelante y vio un camino de huida. Miró hacia atrás y reconoció un camino ya pateado que había resultado estéril sin provecho ninguno. A un lado, espinas lacerantes; al otro, un talud con peligro de despeñarse…

Así que Arturo, después de mirar sus botas brillantes y la poca entidad de charco que lo tenía pensativo, decidió seguir adelante y cruzarlo. Se metió en el charco con el arrojo que da no tener otras opciones, y al poner su pie en el fondo se dio cuenta de que el charco -que aparentemente era seguro-, en realidad era una trampa de arenas movedizas en las que se quedó atrapado sin posibilidad de salir. Y  desapareció para siempre engullido por un charco.

Y Arturo, el que soñaba con figurar en los libros de Historia como liberador del pueblo oprimido de Cataluña por los opresores españoles del siglo XXI, quedó relegado a un párrafo de un libro de sociología de la universidad, en una asignatura troncal, no tanto por su trayectoria política ramplona y torticera –que también–, sino por su previsible y vulgar final.

Acerca de Angel

Intento sobrellevar un tiempo emocionante para sus protagonistas, cansino para el observador, de inacabable ir y venir, donde no se ha sabido acotar un terreno de encuentro ni arbitrar unas reglas del juego por todos respetadas, porque fuesen respetables.

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