Segunda parte del cuento: el dragoncito

EL DRAGONCITO CUENTOSegunda parte del dragoncito

Al cogerla, se quebró la tapadera con el gran peso de la plata.

-¿Qué es esto? –, preguntó- que he encontrado en lugar de agua.

Mariquita le explicó:

-Eso es plata. Dile a tu padre que vaya a la ciudad y la venda, pues vale mucho dinero.

Así lo hizo el viejecito según le mandaba, y compró ropas y comida en abundancia para todos. Con el dinero que sobraba volvió a su casa lleno de contento, pues jamás había soñado verse con tanta riqueza.

Mariquita rió mucho de la sorpresa de aquella gente, y a medida que se reía, iban cayéndole perlas de la boca. Luego dijo al viejecito:

-Tome, padre: éstas son perlas finas. Llévelas a la ciudad y véndalas, que valen mucho dinero.

Después pidió un peine a las muchachas para peinarse. Estas se lo trajeron inmediatamente, pues desde que las había hecho ricas, estaban con ella tan cariñosas, que no sabían dónde ponerla.

La ciega principió a peinarse cerca del fuego mientras las muchachas cuidaban de que tuviese calientes los pies, tanto que, casi la quemaban. El pelo que le caía  de la cabeza lo iba guardando, y al otro día tuvo un puñado de hebras de oro.

-Tome, padre- dijo ella al viejecito-, ande  a la ciudad y venda esto, que son hebras de oro. Compre lo que necesite; todo lo que saque es suyo.

El viejecito se puso muy contento, y trajo más dinero aún a sus hijas a cambio de las hebras de oro.

Mientras tanto Estefanía había llegado al palacio del rey. Este la recibió con mucho cariño y se casó con ella como había propuesto. Inmediatamente la hizo lavarse las manos y guardar el agua, pero al día siguiente no fue más que agua. La hizo reírse, pero no brotó ni una perla. La hizo peinarse y guardó el pelo, pero pelo era y pelo se quedó.

El rey desengañado, se dijo:

-Estos jóvenes me han engañado. Voy a mandar cortarles la cabeza.

Así lo hizo, y sus cuerpos fueron embalsamados y puestos en un cuarto para mandarlos después a su padre. No obstante, Estefanía siguió viviendo con el rey, porque era verdaderamente su esposa.

Un día que mariquita estaba sentada al sol, en la puerta de la casa del viejecito,, las hijas de este vieron venir un dragón hacia Mariquita.

-¡Ay!- gritaron-¡Quítate de ahí, que viene un dragón muy fiero, que se te va a comer!

Más ella les replicó;

-Dejadle venir, no tengáis miedo; no me hará ningún daño.

El dragón se acercó a la ciega y le hizo muchas caricias lamiéndole las cuencas de los ojos. Era el que Mariquita había criado desde chiquitito.

El dragón dijo a mariquita:

-Tu hermana de leche, Estefanía, se ha casado con el rey y se ha vuelto muy caprichosa. Todo lo que ve, desea. Manda al viejecito a la ciudad; que compre el ramillete de flores más bonitas que encuentre y que lo vaya a vender frente al palacio del rey y diga que no lo vende sino por ojos.

Así lo hizo el viejecito, y, cuando pasó por delante del palacio del rey gritó:

-¿Quién compra un ramillete de flores?

Estefanía, al oírlo, dijo a su madre:

-Quiero ese ramillete, madre, cómpralo.

La madre preguntó al viejecito cuanto valía y le contestó que lo vendía por unos ojos.

-Madre-dijo Estefanía-, saca los ojos de la perra y dáselos

Se fue el viejecito con ellos; pero antes que llegara a su casa, se acercó el dragón a la ciega y le advirtió:

Ojos vienen, Mariquita; pero no son los tuyos. Ya vendrán más tarde, pues los tienen guardados en un vaso.

Cuando llegó el viejecito, díjole la ciega:

-Tíralos, padre; son ojos de una perra.

Al día siguiente, mandó Mariquita al viejecito que volviera a la ciudad y comprara otro ramillete, el más hermoso que encontrara, y que pasara frente al palacio del rey para venderlo por ojos

Estefanía salió como el día anterior, y, para comprarlo, dijo a su madre:

-Saquemos los ojos al gato.

Sacaron los ojos al gato, y se los llevó  al viejecito.

Pero antes que pudiera llegar a su casa, advirtió el dragoncillo a su protegida:

-Ojos vienen, mariquita, pero son de gato; tíralos, más tarde vendrán los tuyos.

Cuando llegó el viejecito, la ciega dijo:

-Tíralos padre, que son los ojos de un gato.

Al día siguiente, por mandato d Mariquita, el viejecito encargó otro ramillete, mucho más bonito que los anteriores, con pajaritos cantando encima y pasó a venderlo a palacio. Estefanía siempre caprichosa, salió a comprarlo y dijo a su madre:

Ahora no tenemos ojos que darle. ¿Qué haremos?. Pues yo quiero el ramillete.

Su madre le contestó:

-¿No te acuerdas de que guardamos los ojos de Mariquita en un vaso? Veremos si están buenos todavía, y se los daremos.

Estefanía le dijo:
-Después de tanto tiempo deben de estar hediondos.

Fueron a buscarlos, y los hallaron tan hermosos y frescos como cuando los sacaron, y los dieron por el ramillete.

Antes de la llegada del viejecito, el dragón advirtió:

-Vienen ojos Mariquita, y son los tuyos.

Así es que, cuando llegó el viejecito, ella se puso muy contenta.

-Esos sí son, padre,  mis ojos.

Los tomó en la mano y los dio al dragoncito, el cual mientras le lamía las cuencas, le metió otra vez los ojos dentro. Y si lindos eran antes, mucho más lindos quedaron después.

Al otro día el dragoncito le mando:

-Vamos a palacio. Toma esta talega de onzas de oro, y como el rey para dormir la siesta tiene guardas en la puerta, a la llegada tirarás tu un puñado de onzas a los soldados, y mientras ellos se entretienen en recogerlas, gritarás desde la puerta:”¡Florecita, hermanita mía!” Yo entonces te contestaré:”¿Qué quieres alma mía?” Y tú me dirás:

“Mi criada Estefanía

En brazos del rey dormía.

¡Triste de mí, por una ingrata!”

Tirarás otro puñado de onzas a los guardias, y mientras las recojan, nos escaparemos.

Así lo hicieron el primer día, y sucedió que el rey, que lo había visto y oído todo, dio orden de prender a Mariquita y al dragón en cuanto los viesen. Pero los guardias, ocupados también al día siguiente en recoger las onzas, no hicieron caso de las órdenes del rey.

Al tercer día el mismo rey se puso detrás de la puerta para detenerlos, pues no pudo conseguir que los soldados lo hiciesen ni aún amenazándoles con cortarles la cabeza.

Cuando Mariquita y el dragón vinieron por tercera vez y le dijeron las mismas cosas, al tiempo de escaparse, el rey pudo coger a ella por el vestido y la detuvo.

-¿Qué es esto, niña? ¿Qué es lo que dices?-le preguntó.

Entonces el dragoncito habló por ella y dijo:

-Habéis de saber que la mujer que tiene Vuestra Real Majestad no es Mariquita, como se figura. Mariquita está aquí.: mandadle hacer las pruebas que sus hermanos os dijeron, y lo comprobaréis.

A continuación refirió todo lo que Estefanía y su madre habían hecho con Mariquita cuando la traían a palacio.

El rey muy indignado y sorprendido, la llevó adentro, la hizo lavarse las manos, guardó el agua y al día siguiente comprobó que se había convertido en un pan de plata. La hizo peinarse, y el pelo se volvió hebras de  oro. Y entretanto, mientras se reía, iba desparramando perlas finas, que le saltaban de la boca.

El rey reconoció el engaño y sintió mucho haber mandado matar tan injustamente a sus hermanos.

Se casó pues con Mariquita y se hicieron grandes fiestas reales, y a Estefanía y a su madre, las mandó matar.

Después de transcurrido algún tiempo, nacieron en palacio dos infantes mellizos. Mientras sus padres los acariciaban en la cuna, vino el dragoncito y les dijo:

-¿Qué queréis mejor: ver a vuestros hijos vivos y a vuestros hermanos muertos, o lo contrario?

Los reyes contestaron después de vacilar un momento:

-Nuestros hijos muertos, que ángeles del cielo son, y nuestros hermanos vivos.

El dragoncito degolló de un mordisco a los infantes, y llevó a los padres a donde estaban los cadáveres de los hermanos embalsamados. Y ¡oh! Maravilla! Los encontraron vivos y muy buenos.

Los reyes se pusieron entonces muy tristes pensando en la suerte de sus hijos, y volvieron para llorar sobre sus cuerpecitos: pero ¡oh maravilla mayor! Los hallaron igualmente vivos jugando en la cuna.

El dragón entonces les dijo:
-Ya he hecho todo lo que podía por vosotros y no tengo más que hacer; sabed, pués, que soy un ángel  enviado por Dios y me voy al cielo.

El dragón desapareció, y el cuento se acabó.

CUENTO: EL DRAGONCITO PRIMERA PARTE    CUENTOS DE ANTES, CUENTOS DE AHORA

Acerca de Angel

Intento sobrellevar un tiempo emocionante para sus protagonistas, cansino para el observador, de inacabable ir y venir, donde no se ha sabido acotar un terreno de encuentro ni arbitrar unas reglas del juego por todos respetadas, porque fuesen respetables.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *