El Diamante Luminoso

El diamante luminoso

El Diamante LuminosoDiamante luminoso

 La princesa está triste. ¿Qué tendrá la princesa?…

La magnificencia del palacio real, el fastuoso vivir de su corte, el fantástico esplendor de sus fiestas continuas, la placidez de sus inmensos parques y jardines poblados de aves exóticas y animales desconocidos, las enormes y fabulosas riquezas de sus arcas, sus joyas exquisitas, sus juglares y bufones, sus rebaños de elefantes y de cebras…Nada, nada de tantas maravillas era capaz de poner una sonrisa en los hermosas labios de la linda princesa Liana, la triste princesa del reino de Barapur.

Rodeada de tanta grandeza, la vida de la princesita transcurría en medio del mayor desconsuelo desde el día- hacía ya varios años-, en que se encontró el mágico diamante. Era éste una piedra tallada que despedía destellos luminosos como un faro y que, cosa inaudita, cambiaban de color continuamente: ahora eran verdes, al instante amarillos, luego azules, después rojos, más tarde violáceos…es decir: toda una gama de colores salía de él en intervalos de pocos minutos.

Enorme fue la alegría de la princesa cuando le fue ofrecida por unos pescadores la extraña joya que habían encontrado en sus redes. Grande fue la recompensa otorgada. Pero infinita fue más tarde su  tristeza cuando vió lo imposible que era hallar otra joya igual para montar con ellas unas arracadas.

Inútilmente se revolvieron los subterráneos donde en inmensas salas repletas se guardaban tesoros reales desde siglos inmemoriales, sin encontrar nada parecido entre tantos millones de joyas que constituían el tesoro. Inútilmente se apeló a los técnicos- joyeros, alquimistas y sabios naturalistas-, para estudiar la fórmula de hallar una piedra parecida. Inútilmente se enviaron emisarios a lejanos países  para descubrir el lugar geográfico donde se producía. Todo fue en vano: piedra como aquella no se encontraba en parte alguna de la tierra.

Y este era el solo motivo de la infinita tristeza de la princesa Liana, a quien nadie pudo consolar ni convencer de que en vez de unos pendientes podía fabricarse con el mágico diamante un anillo, una diadema u otra joya que no fuesen los soñados aretes.

Así las cosas, supo el príncipe Gomar, soberano del vecino reino de Siladore, el triste sino de la princesa de Barapur, y allá se trasladó en fastuosa cabalgata, con ánimos de hallar remedio al mal. Vió la piedra preciosa, la examinó minuciosamente y por fin dijo a la princesa Liana:

-no llores más, gentil princesa, que yo encontraré una piedra igual. Confía en mí y espera.

La princesa le contestó:

-esperaré y me casaré contigo si logras hallarle.

Tenía el príncipe Gomar una hada madrina, la buena hada Quimera, que habitaba en medio del mar, en un castillo colocado en un escollo. Esta hada era su protectora y madrina.

Allá se dirigió en un blanco y ligero bajel y subió al castillo en busca de consejo y protección. Enterada el hada de lo que deseaba el príncipe, le dijo:-La princesa Liana es muy buena, aunque demasiado caprichosa. No obstante quiero complacerte a ti. Te diré donde se encuentra otro diamante como el que deseas.

Y mientras hablaba, abrió un libro de raros caracteres y encendió un pebetero que tenía dentro de un gran globo de cristal. El humo trazaba dentro del globo y en el aire extrañas figuras que el hada iba descifrando y traduciendo al príncipe.

-Solo existe en el mundo otra piedra luminosa. Está en poder del mago Abismos, que habita en un palacio submarino, situado al pie del arrecife del Gran Pulpo. También el otro diamante le pertenecía hasta que le fue robado por una rata de mar que se escapó de su palacio. Así es como fue a parar más tarde a manos de los pescadores que lo entregaron a Liana.

El humo del incensario se iba extinguiendo lentamente. El hada continuó consultando el libro y añadió:

-El palacio del brujo Abismos está guardado por un ejército de peces, a quienes hay que vencer para llegar hasta él. Luego hay que vencer al mago, que adopta a veces la forma de un temible dragón monstruoso. El diamante luminoso está en la sala 99 del palacio. Si logras penetrar en la morada  y matar al dragón, podrá llegar fácilmente a la joya sin nuevos obstáculos. Pero la empresa es muy peligrosa; si quieres intentarla, ponte este cinturón con el que podrá permanecer debajo del agua todo el tiempo necesario, y con esta espada que te entrego producirás  la muerte a tus enemigos con solo que logres rozarlos. Que la suerte te acompañe, príncipe Gomar…

Partió el príncipe en busca del gran escollo del Gran Pulpo. Una vez allí, ciñéndose el cinturón y blandiendo la espada, se lanzó valientemente al agua.

Llegó al fondo del mar. Fue avanzando. Entre barrancos profundos y espesos bosques de algas. Temiendo perderse, llamó a un salmonete que se ocultaba en la maleza y le dijo:

-¿Quieres acompañarme hasta el palacio del mago Abismos?

-¡Ay señor!-contestó el pececillo-.Bien se ve que sois forastero en estos mares. Nadie querrá acompañaros hoy día al palacio porque está declarada la guerra entre los soldados del mago, los peces –espada que guardan la casa, y el pueblo de las rayas, los peces cuadrados. Es muy peligroso acercarse allí.

En esto pasó una enorme raya de más de tres metros, a la cual llamaron, y, enterada de que el fin que se proponía el hombre forastero era matar al mago del palacio, le dijo:

-Para lograrlo hay que derrotar primero al ejército de peces-espada que es precisamente lo que pretendemos nosotras, las rayas. Te llevaré a nuestro campamento, y tú puedes tomar parte en el gran combate que va a empezar.

En efecto, estaba a punto de trabarse una  formidable batalla. Se alineaban centenares, miles de rayas de todos los tamaños y clases: rayas cornudas de grandes dimensiones, rayas comunes y también rayas torpedo que formaban batallones temibles por sus descargas eléctricas.

En frente del campamento se divisaba el palacio encantado del mago Abismos, adosado al pie de la montaña rocosa que formaba el escollo. Era transparente, como de cristal: despedía luz deslumbradora de su interior. Altas cúpulas doradas y plateadas brillaban entre numerosos torreones puntiagudos, enlazados por gallardetes de algas multicolores. Una ancha escalinata de jaspe conducía hasta la dorada puerta. Entre el palacio y el ejército de rayas se divisaban grandes formaciones de peces espada, guardianes del majestuoso y fantástico antro submarino.

Montó el príncipe Gomar sobre la plataforma cuadrada de una raya. Sonaron clarines. Redobló la banda de peces tambores y el ejército de rayas se lanzó al asalto. Fue una lucha terrible, mortífera. Las enormes espadas se lanzaban embistiendo sobre las rayas, que se defendían dando dentelladas. El príncipe Gomar impedía, blandiendo su espada, que los grandes peces armados se acercaran a su extraño corcel, y muchos fueron los que cayeron víctimas de su intrépido valor. Las azules aguas se teñían de rojo. Por fin las rayas tuvieron que retroceder y los peces-espada avanzaron causando grandes destrozos entre sus adversarios.

Entonces el estado mayor rayuno dio la orden de entrar en combate a las rayas torpedo. Tan pronto como penetraron éstas entre las filas enemigas, cambió por completo el curso del combate. Lanzando a diestro y siniestro sus descargas eléctricas, los peces guardianes del palacio no se preocuparon de otra cosa más que de huir: en todas direcciones fueron abandonando el campo de batalla mientras escapaban hacia otros mares y dejaban el palacio de cristal en poder de los vencedores, que lo rodearon al momento.

En medio de tamaña  barahunda, el príncipe llegó el primero a las puertas del palacio. Desde lo alto de la escalinata habló al ejército de rayas y les dijo que el solo se encargaría de matar al mago dragón; al lo que ellas asintieron, puesto que además del peligro que representaba la empresa, el objeto que perseguían era ahuyentas a los peces- espada de aquellos parajes.

Llamó el príncipe a la puerta, y nadie contestó.

En vista de ello llamaron las rayas a un batallón de peces martillo aliados suyos, los cuales golpearon la hermosa puerta hasta que  cedió. Entonces el ejército victorioso montó la guardia en el exterior mientras el valiente príncipe entraba dentro con la espada desenvainada.

En la primera sala o vestíbulo no había nadie. Tampoco en la segunda, ni en la tercera. En la cuarta encontró a un criado, un congrio de dos metros de largo, a quien preguntó por el mago Abismos.

-En la sala 16- contestó muy amable-¿Quieres pasar?

Y fue conduciéndole a través de salas y habitaciones fantásticamente decoradas. En algunas estaban otros criados- merluzas, bacalaos y atunes- fregando los suelos o limpiando los muebles de nácar, perlas y coral. Al llegar a la sala 15 el criado congrio le preguntó cortésmente:

-¿A quién anuncio?

-Al príncipe Gomar de Siladore.

El congrio desapareció de tras de una puerta, que volvió a cerrarse.

Pero transcurrió mucho tiempo sin que apareciese nadie en la estancia. Ante tanto silencio, el príncipe, sentado en un sillón, se quedó dormido.

Despertó bruscamente al notar que le tocaban en un hombro, y se encontró en presencia de un anciano, el mago Abismos, que le dijo:

-¿Que buscas en mi casa y como has podido llegar hasta aquí?

-Vengo- contestó con orgullo el príncipe- en busca del diamante luminosos para la belle princesa Liana de Barapur.

El mago se echó a reír de tal modo, que su larga barba tocaba el suelo. Por fin púsose repentinamente serio y dijo:– Nunca lo tendrás. Y además,  tu atrevimiento te costará muy caro.

Y, diciendo esto, fue creciendo y creciendo, alargándose y retorciéndose hasta quedar transformado en un inmundo y tremendo dragón, de ojos luminosos como ascuas, boca descomunal, cincuenta patas y uñas afiladísimas.

La terrible alimaña avanzó hacia el príncipe enseñándole su cortante dentadura. Pero el joven no sintió miedo. Se lanzó osadamente  sobre él, le clavó su espada en una pata, y, tal como le había asegurado el hada Quimera, el dragón se enroscó y murió al instante.

Seguidamente avanzó hasta llegar a la sala 99, donde  no solamente halló el mágico diamante luminoso, sino también un tesoro nunca contemplado por ojos humanos.

Salió del palacio. Las rayas, al comprobar que el heroico hombrecillo había matado al dragón, empresa que se consideraba casi imposible, le aclamaron como a un rey.

Pidió entonces que una raya le sirviese de cabalgadura hasta la playa más cercana a la costa de Barapur, a donde llegó con el diamante luminoso sin ningún contratiempo.

Poco tiempo después se celebraron las bodas del príncipe Gomar con la princesa Liana, los cuales no dejan transcurrir ningún año sin hacer un viaje al palacio submarino que guardan las rayas y cuidan los peces para que esté en todo momento a punto para albergar a sus príncipes queridos

Acerca de Angel

Intento sobrellevar un tiempo emocionante para sus protagonistas, cansino para el observador, de inacabable ir y venir, donde no se ha sabido acotar un terreno de encuentro ni arbitrar unas reglas del juego por todos respetadas, porque fuesen respetables.

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