Caimán Ingrato

Historia del caimán ingrato

El caimán ingratoCaimán Ingrato

En un caudaloso río del África negra había tres caimanes. El caimán grande se llamaba Bama, los dos caimanes pequeños que eran sus hijos, llamábanse Bema y Bima. Los tres eran muy feos, con unas bocas enormes y dos hileras de dientes capaces de darle un susto al miedo.

Tanta bocaza y tantos dientes necesitaban estar siempre devorando algo, naturalmente. Llevaban algún tiempo sin hallar a su alcance ninguna presa importante, cuando salieron del agua los tres.

-¡Tengo hambre! – dijo Bama.

-¡Tenemos hambre ¡ – repitieron, a coro,  Bema y Bima.

Y se metieron tierra adentro. Inmediatamente el agua se retiro lejos, lejos de ellos. En tierra se asfixiaban de calor. Y tampoco encontraban nada que comer.

Cuando he aquí que, en esto, pasa por allí un cazador. Era un negro, negro como el ébano, de ensortijada cabellera, dientes blanquísimos e ingenuo corazón. Vió a los caimanes y se extrañó de que estuvieran tan lejos del agua.

-¿Por qué has salido del agua, Bama? – preguntó al caimán grande.

Contestó el caimán grande:

-Iba de paseo con mis hijos Bema y Bima cuando el agua empezó a hacerse atrás, atrás, y me quedé en seco.

¡Crac, cata crac!- y aquí rechinó los terribles dientes-.

¿Qué será ahora de nosotros? Sin duda pereceremos de hambre y de calor.

El negro era compasivo y tuvo lástima de los caimanes, especialmente de los dos pequeños que abrían, inquietos, sus fauces, como si fueran a asfixiarse. Más, por otra parte, conocía bien las mañas de los caimanes, y no se atrevía a fiarse de ellos.

-Si luego no fueras ingrato, yo podría  llevaros otra vez al agua, a ti y a tus hijos.

Bama dio un coletazo de alegría y reconocimiento, ni más ni menos que los perros cuando le hacen fiesta al amo.

-¡Oh, sí! – exclamó-; llévanos al agua en seguida, y nos salvarás la vida a ellos y a mí. Nada tienes que temer de nosotros…

El cazador hizo una cuerda con la corteza fibrosa de un árbol, y ató al caimán para llevarlo en la cabeza. Luego ató también a los caimanes pequeños por las colas, para llevarlos de la misma manera. Así los llevó hasta la orilla misma del río. Cuando estuvo junto al agua, preguntó al caimán:

-¿Hemos llegado’ ¿Te dejo aquí Bama?

Pero el caimán replicó:

-Todavía no. Avanza un poquito, solo un poquito más , cazador.

El hombre dio tres o cuatro pasos, río adentro, y volvió a preguntar:

-Te dejo aquí, Bama?

-Avanza todavía unos pasos más- rogó el caimán.

El cazador negro avanzó hasta que el agua le llegó hasta media pierna. Entonces repitió su pregunta:

-Caimán, caimán. ¿Puedo dejarte aquí?

-Bien está, déjame aquí, si quieres buen cazador- repuso Bama.

El cazador negro bajó ala caimán y a sus pequeños y los dejó dentro del agua. Estaba agotado de fatiga y gruesas gotas de sudor corrían por su rostro de ébano. En vez de correr tierra adentro, se detuvo un instante a descansar.

Y sintió de pronto que le atenazaban, por una pantorrilla, los espantables dientes del caimán. Bama que era un ingrato, se disponía a devorar un pie a su salvador.

-¡Al fin te pesqué!- decía el saurio-. Ya eres mío, y no te me escapas. ¡Oh, qué hermoso trozo de carne negra!

-¡Déjame, déjame Bama!- gritaba el hombre con todas sus fuerzas, debatiéndose para salvarse de aquellas tenazas crueles.

Pero los caimanes pequeños, Bema y Bima, ayudaban a tenerlo sujeto.

Eres un ingrato como todos los de tu casta, Bama- dijo el pobre negro, disponiéndose ya a perder el pie, tal vez a desangrarse y morir.

Y he aquí que en esto pasó por la orilla del río una liebre y vió al negro plantado en mitad del agua, y a los tres caimanes a su alrededor.

-¿Qué haces ahí en medio cazador? – dijo al negro-. ¿Por qué no te mueves?

-Me tiene cogido con sus dientes Bama, el caimán grande- replicó el cazador.

-¿Cómo has sido tan tonto que te has dejado coger?- preguntó la liebre.

Y el negro contó a la liebre toda la historia que acabamos de referir.

-Yo pasaba por la orilla del río- relató-: Bama y sus hijos se habían metido tierra adentro; el agua se retiraba y ellos sufrían mucho y no podían volver a la orilla. Me pidieron que les volviera al agua y yo me presté a hacerlo, si no eran ingratos. Bama prometió ser agradecido, y entonces yo le puse sobre mi cabeza, a él y a sus pequeñuelos Bema y Bima, y les traje hasta aquí. Y ahora el ingrato Bama me tiene sujeto por la pantorrilla y me quiere comer un pie.

La liebre hizo unos grandes aspavientos.

-¿Cómo es posible que hayas podido llevar en la cabeza al caimán grande?-exclamó-. Sin duda me engañas.

-No te engaño. En la cabeza lo he llevado- repuso el cazador.

-¿Y a sus hijos también?- preguntó la liebre.- ¿No exageras?

-No exagero. A sus hijos también

-¿Y los has traído hasta el río?

-Hasta la mitad del agua, donde ahora los ves.

-¡No lo creo! Tornó a decir la liebre, fingiendo morirse de risa-.Eres un fanfarrón, sin duda como todos los hombres cazador. Y, si no, dime tu Bama: ¿es verdad lo que el cazador dice?

El caimán grande afirmó, orgulloso de la treta que le había jugado al hombre.

-Es verdad- dijo-.Tal como lo oyes.

-¡Bah!- tornó a decir la liebre burlona-.Si no lo veo, no lo creo, Bama, ¿Por qué no dejas que te lleve otra vez para que yo lo vea y pueda juzgar? Solo entonces lo creeré.

Y el caimán accedió.

Entonces el cazador volvió a atar con la cuerda de fibra al caimán grande, y a los pequeños por la cola, y los llevó lejos, lejos del agua, mucho más lejos de donde los había encontrado la primera vez. Y los dejó allí en seco, y la liebre, que era muy viva, dijo, entonces, al cazador:

-¡Anda, mátalos, hombre, aprovéchate y mátalos ahora que son tuyos!

Pero el negro tenía muy buen corazón y no quiso vengarse del caimán dándole muerte. Volvió, simplemente, la negra espalda y dejó a Bama, Bema y Bima, en seco, sufriendo bajo los rigores del ardoroso sol.

Y siendo tantas las dificultades que estos animales  tienen para moverse en tierra, si nadie ha ido a sacarlos, todavía deben de estar allí.

Acerca de Angel

Intento sobrellevar un tiempo emocionante para sus protagonistas, cansino para el observador, de inacabable ir y venir, donde no se ha sabido acotar un terreno de encuentro ni arbitrar unas reglas del juego por todos respetadas, porque fuesen respetables.

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