El pastorcillo y los cuatro regalos

Erase que se era un pastorcillo tan pobre como todos los pastores de los cuentos y de la realidad, sin más caudal que la tierra que pisaba ni más oficio que el de cuidar un rebaño ajeno, ni más herencia que la que podía dejarle su padre, que era otro pastor tan pobre como él.

El Pastorcillo y los Cuatro Regalos

Y sucedió que, estando cierto día este pastorcito guardando sus cabras, acertaron a pasar por aquel monte las tres hijas del Rey. Iban de excursión; saltaban y corrían cogiendo flores y persiguiendo mariposas, cantaban y reían, y así llamaron la atención del pastor, a quien le pareció que veía, no a unas princesitas, sino a los mismísimos ángeles del cielo, que bajaban a hacerle compañía.

El pastorcillo y los cuatro regalos

Las tres princesas eran muy lindas, pero sobre todo una de las tres era tan bonita como una rosa de Mayo y tan graciosa como un pajarito saltarín. El pastor las miraba, embelesado, y, cuando se alejaron de allí las princesas, el se quedó triste, muy triste, porque se había enamorado de la hija menor del Rey y solo pensaba en volver a verla y escuchar su risa y su voz.

Y tan fuerte fue su enamoramiento, que un día, no pudiendo resistir más, decidió abandonar el rebaño de su amo e irse a la ciudad, en busca del palacio del Rey, para ver de nuevo a la rosa de Mayo que le había robado el corazón.

Solo y a pie, con el zurrón al hombro, anduvo, anduvo el buen pastorcillo camino de la ciudad, cuando he aquí que por el camino halló, al pie de una fuente, a un lobo, un oso, un águila y una hormiga que se querellaban tenazmente. Era el caso que habían encontrado un cordero muerto y querían repartírselo, pero no hallaban la forma de ponerse de acuerdo.

-Yo os lo repartiré bien-dijo el pastorcillo-. Solo se necesita hacer las partes de modo que cada uno quede satisfecho.

Les gustó la proposición a las bestias aquellas, y el pastorcillo también les gustó, de modo que después de breve consulta, decidieron aceptar. Y el pastorcillo hizo las partes con tanta maña y tanta justicia, que los cuatro- lobo, oso, águila y hormiga-, quedaron satisfechos.

Entonces el lobo le dijo al pastorcito:

-Me ha gustado tanto tu modo de hacer las partijas, que no quiero dejarte marchar sin hacerte un regalo.

Y, arrancándose un pelo de la cola, añadió:

-Toma este pelo mío, con él podrás volverte lobo siempre que quieras.

Por su parte el oso, no queriendo ser menos, le dijo a su vez:

-En premio a lo bien que lo has hecho te daré también un pelo mío y podrás convertirte en oso cuando te convenga.

Y a su vez dijo el águila:

-En premio de tu buen acierto aquí tienes una pluma mía, que te servirá para volverte águila siempre que así lo desees.

Al tocarle el turno a la hormiga, ésta dijo también muy cortésmente:

-Tu reparto me ha complacido tanto como a mis compañeros; más yo, pobre de mí, no puedo darte nada: solo concederte que te vuelvas hormiga cuando bien te parezca.

El pastorcillo dio las gracias, y con aquellos presentes, que a decir verdad no pesaban mucho, siguió su camino, anda que andarás, hacia el palacio del Rey.

Una  vez allí, los centinelas no lo dejaron pasar adelante. Fue en vano que rogara y suplicara ¿Cómo iban a permitir que entrase en palacio un chicuelo tan desarrapado como él?…

Mas el pastor no se apuró por ello, sino que acordándose del águila y echando mano de la pluma, en águila se convirtió, y voló hasta la ventana del cuarto de las hijas del Rey.

Al ver aquel pajarraco tan grande, la princesa mayor y la mediana  empezaron a gritar; la más chiquita, que era más valiente, se acercó al ave y, acariciándola, la cogió y corrió a enseñarla a su padre.

-Esto es un águila- dijo el Rey-; será preciso matarla.

Al oír esto la más pequeña de las princesitas se echó a llorar, pero pronto enjugó sus lágrimas para decir a su padre:

-No quiero que matéis al águila; la he cogido yo y por tanto, es mía.

-Tuya es si la quieres- contestó el Rey-, pero al menos tendremos que meterla en una jaula.

La princesita consintió en ello y se compró una jaula de oro verdaderamente preciosa, para meter al águila.

Y he aquí que la primera noche, mientras dormían las tres hijas del rey, el pastorcito se vuelve hormiga, sale de la jaula y, después, se convierte en oso. Una vez cubierto de aquel pelambre gris, con el hocico agudo y los ojos fosforescentes, va a despertar a la hija mayor, que, al ver junto a su cama aquella bestia fiera, huye horrorizada de su cuarto. Entonces el pastor se vuelve de nuevo hormiga, entra en la jaula y de hormiga se convierte otra vez en águila y torna a poner la cabeza debajo del ala, como si nada hubiera pasado, fingiendo dormir. Y acudieron doncellas y criados, pero no vieron oso ninguno y creyeron que todo fueron fantasías y miedos de la princesita mayor.

A la noche siguiente fue imposible convencer a la mayor de las princesas de que durmiera en la habitación de sus hermanas, aún cuando las dos menores se burlaran de su miedo, diciendo que sin duda había soñado con el enorme oso. Así quedaron solas las dos pequeñas en el cuarto. Y, cuando estuvieron profundamente dormidas, el águila de la jaula de oro tornó a hacer lo mismo de la noche anterior: transformada en hormiga salió de la jaula, se convirtió en lobo y fue a despertar a la hija mediana del Rey, que, al ver al lobo negro y espantoso, escapó también, horrorizada, del cuarto. Una vez fuera la princesa, el lobo se convirtió de nuevo en hormiga, volvió otra vez  a la jaula y, convertido en águila, fingió dormir.

Cuando los criados de palacio entraron en la habitación, dispuestos a matar al lobo de que hablaba la princesita, no encontraron rastro de él. Y todo el mundo se rió también mucho de los sueños de la hermana segunda.

A la noche siguiente fue imposible convencer a la princesita mediana de que durmiera en aquella habitación, y la más pequeña tuvo que quedarse sola riéndose a todo reír del miedo de sus hermanas mayores.

Y he aquí que, cuando más tranquila dormía la princesita, de nuevo el águila se convierte en hormiga, sale de la jaula de oro, y de hormiga vuelve a su ser natural de joven pastor, y despierta a la princesita muy quedo y con la voz más dulce que pudo encontrar.

También la menor de las princesas se asustó al ver al joven pastor junto a su lecho, más él le dijo:

-No te asustes, no grites, no temas nada; solo soy un pobre pastorcillo que se ha enamorado perdidamente de ti.

-¿Cómo has entrado aquí?- preguntó la princesa.

-¿No me conoces? Pues soy el águila que has encerrado en la jaula de oro, y el oso que asustó a tu hermana mayor, y el lobo que tal miedo causó a tu hermana segunda…

En seguida le contó toda su historia., pe a pa, desde el día que la vió en el monte y quedó prendado de ella. Cuando hubo terminado, le preguntó:

-Princesita: seré tan desdichado que no quieras casarte con un pobre pastor?

Y dicen que estas simples palabras le supieron a la princesita más dulces que cuantas golosinas había comido en su vida, y que, sin más remilgos ni escrúpulos contestó que sí.

Y al día siguiente se fue a buscar al Rey su padre, y le contó tranquilamente como se había enamorado de un pastor y a todo trance quería casarse con él.

El Rey se enojó muchísimo; porfió, amenazó y suplicó a su hija y al final acabó por llamar al pastor para conocerlo y, viéndole tan galán y tan listo, le entregó al fin la mano de la princesa, aunque sin darle un maravedí de dote.

Y así el pastor y la princesita se casaron y fueron felices. El conservó siempre los presentes de los animales dentro de su zurrón, compró un rebaño, y lo aumentó constantemente, pues no hubo lobo, oso ni águila que a él se acercaran, que el pastor no los cazase en seguida. Y él fue un gran pastor y ella una rica pastora, mucho más feliz que sus hermanas mayores, que se casaron con reyes y príncipes.

Acerca de Angel

Intento sobrellevar un tiempo emocionante para sus protagonistas, cansino para el observador, de inacabable ir y venir, donde no se ha sabido acotar un terreno de encuentro ni arbitrar unas reglas del juego por todos respetadas, porque fuesen respetables.

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