Aventura de Pepín Falucho

Aventura de Pepín falucho PEPÍN FALUCHO

Hijo de expertos pescadores, era él asimismo un excelente pescador y, a pesar de sus diez años, el mejor de cuantos formaban la villa marinera de Mascarón.

No obstante, Pepín no estaba enamorado de su oficio: su máxima aspiración consistía en ser capitán de un buque como los que había visto tantas veces en el vecino puerto de Rompeolas. ¡Mandar y dirigir un barco grande, muy grande, con marineros a bordo! ¿Sería posible alcanzar un día tanta gloria?

En verdad que no podía hacerse muchas ilusiones para realizar tales anhelos: Pepín Falucho era huérfano. Vivía en una humilde choza con sus tíos, viejos pescadores viejos y huraños, y no contaba con otros bienes de fortuna que su extrema bondad. Porque habéis de saber que Pepín era un niño bueno, todo lo bueno que se puede ser en este mundo, y su buen corazón era conocido en todo el pueblo.

Salía a veces de pesca en el laúd de su tío, y con otros pescadores, tres marineros, pasábase el día o la noche en la mar, extendiendo y recogiendo las extensas redes o clasificando y colocando los pescados en las cestas. Otras veces quedaba en la casa ayudando a su tía a transportar agua de la fuente, o correteando por las rocas buscando mejillones, lapas y percebes.

Pero lo que más le placía era la aventura de salir a pescar solo en el bote de su tío. Muchos días  se embarcaba en la pequeña embarcación y, alejándose a remo de la costa cuanto podía, permanecía en alto mar entretenido con sus cañas y otros aparejos de pesca hasta el anochecer. Allí mismo se guisaba la comida que llevaba preparada o una parte de los peces que había pescado.

Y ahora viene lo extraordinario de esta aventura: en una de esas correrías suyas lejos de tierra, un día imaginándose ser el capitán de un gran buque, divisó a lo lejos un punto negro, que, desde luego no era un barco. Picada su curiosidad, sin miedo a la terrible soledad en que se hallaba, avanzó más hacia el punto oscuro que, a medida que se acercaba, más parecía ser un escollo o un islote desconocido. Porque el, que tan bien conocía aquellos parajes, no tenía idea de que existiese por allí tierra ni roca alguna.

Al llegar a su vera, vió con sorpresa el pequeño marinero que la enorme masa oscura se movía. Lentamente fue girando y se encontró de pronto ante la descomunal bocaza de una ballena. Pero su asombro se convirtió en estupor cuando oyó que el monstruoso animal le suplicó amablemente:

-No huyas, niño hermoso. Se bueno conmigo, ballenato de hombre. ¡Sálvame! Llevo un arpón clavado en el costado que pronto acabará con mi vida si alguien no me lo arranca. Puedes cazarme, si quieres, porque no tengo fuerzas para escapar, pero… no seas malo como quien me clavó la lanza. Ayúdame, y haré por ti lo que quieras…

Movido a piedad y conmovido, Pepín Falucho preguntó:

-¿Donde está el arpón? Probaré si puedo arrancártelo.

Y, a pesar de sus escasas fuerzas de niño, después de grandes y largos esfuerzos consiguió arrancar del lomo de la ballena el terrible venablo. Concluida la operación, dijo el coloso del mar:

-Gracias, amigo. Dentro de unos días estaré fuerte como antes. Mándame: ¿Qué quieres de mí?

Falucho, pensativo un rato, respondió:

Llévame a recorrer el mundo. Déjame montar sobre ti y guíame en la aventura de surcar a  través de todos los mares de la tierra. ¿Puedes hacerlo?

Gran contento tuvo la ballena por la petición del muchacho. Así, pues, montó Falucho sobre la isla flotante, izó hasta ella el bote, y el  extraño buque emprendió la marcha hacia los mares lejanos.

Falucho se estableció en las espaldas de la ballena de un modo permanente. Su pequeña embarcación, colocada boca abajo, le servía de vivienda. En ella abrió una chimenea, varias ventanas y una puerta, y frente a ella construyó un entoldado bajo el cual comía los peces y mariscos que pescaba.

Redes y popas tendidas semejaban las banderas y gallardetes del navío. Porque Pepín falucho se consideraba el capitán que había soñado. Y así recorrió mares y abordó tierras desconocidas. A veces se sentaba sobre la cabeza del monstruo marino y desde allí sostenía curiosas conversaciones con la ballena, la cual le contaba emocionantes lances de su larga vida…

De este modo transcurrió mucho tiempo. Un día se recogió un náufrago a bordo. No era un hombre. Se trataba nada menos que de un asno, un bonito y pequeño pollino que, siendo transportado en un buque que se fue a pique, se salvó nadando. Pepín falucho lo acogió con todo cariño y le dio un sitio en su casita flotante. Desde entonces contó con un nuevo y excelente amiguito.

Más adelante, aún aumentó la tripulación de la isla móvil con una elegante golondrina de mar, que al posarse sobre la chimenea de la casita, se chamuscó las alas y  fue curada con todo cuidado por Falucho. Agradecida, no quiso abandonar su compañía, y entró a formar parte de la navegante comunidad. Pepín falucho, la ballena, el asno y la golondrina eran cuatro compañeros inseparables y entrañables amigos.

Al aumentar el pasaje, surgió un problema: al asno no le gustaba la alimentación de que se nutrían sus otros tres camaradas. El necesitaba comer vegetales y no peces. Así, pues, de vez en cuando, abordaban en alguna costa desierta y recogían hierbas y frutos que luego guardaban en su casita marinera para el buen pollino vegetariano.

Ocurrió cierta vez, que al desembarcar en una isla, Pepín falucho se extravió solo en una espesa selva. Después de mucho caminar, rendido de cansancio, se quedó dormido, y, al despertar, ¡oh, qué horror! Se halló rodeado de negros caníbales que danzaban como locos a su alrededor celebrando su captura.

Terminado el baile, fue conducido Pepín a presencia del rey de los salvajes, un negrazo enorme, alto y gordo, adornado de collares de piedras, anillos de oro, plumas, plantas y una gran bota de marino que, invertida, le servía de sombrero. Sentado en un trono construido con huesos, le comunicó sin ceremonias que aquél mismo día sería devorado por su majestad y su respetable familia.

Empezaron en seguida los preparativos del regio banquete. Se encendió una gran hoguera, se colocó en ella un gran caldero de cerámica lleno de agua, donde fue metido a la fuerza el infortunado Falucho.

El rey contemplaba desde su trono los quehaceres de sus reales cocineros. Empezaba Pepín a notar un calorcillo que, agradable al principio, fue haciéndose cada vez más insoportable, cuando ocurrió algo insospechado: por detrás mismo de las altas hierbas y bambús situados junto al trono real, apareció una cabezota que enseñando una blanca dentadura, resoplaba furiosamente, lanzando al aire una serenata parecida a recios estampidos.

¿Habéis adivinado de quien era la cabezota aparecida? Era el asno, el compañero de Falucho, que rebuznaba con todas sus fuerzas por entre las hierbas.

Los negros, que nunca habían visto ni oído a un burro, creyeron que se trataba del fin del mundo; y, atronados los oídos por el rebuzno, y figurándose que había aparecido una nueva terrible fiera, emprendieron la fuga desordenada, con el rey delante, metiéndose atropelladamente en sus chozas de paja.

Pepín se paseó entonces largo rato por las calles del poblado abrazado al cuello de su fiel amigo. Los negros miraban aterrorizados por las ventanucas. Viendo que no se marchaban y tomando al niño blanco por un mago o hechicero de terrible poder, empezaron para aplacarle, a lanzar por las ventanas todos los collares y piedras de oro que poseían, incluso todo el tesoro real.

Llenó Falucho varios sacos, con esas riquezas, y cuando vió que ya no podía cargar más el asno, regresaron tranquilamente a bordo de la ballena, donde estaba la golondrina esperándolos con impaciencia: ella había sido quien antes descubriera el paradero de Pepín Falucho y quien guió al pollino hasta el lugar donde estaba a punto de morir abrasado y guisado como un pollo.

Hoy día, transcurridos muchos años desde esa formidable aventura, Pepín Falucho es un viejo y rico propietario que vive de los negocios que emprendió con las riquezas que recogió en el país de los negros. Posee varios vapores con los que, de vez en cuando, realiza todavía algún viaje a mares muy lejanos, donde pasa unos breves días en compañía de una anciana ballena. Un asno y una golondrina de mar viven en su casa muy respetados y queridos por su viejo patrón.

Una noche de verano, frente al mar, el mismo Falucho me contó esta extraña y original aventura como parte de la historia de su niñez…

Acerca de Angel

Intento sobrellevar un tiempo emocionante para sus protagonistas, cansino para el observador, de inacabable ir y venir, donde no se ha sabido acotar un terreno de encuentro ni arbitrar unas reglas del juego por todos respetadas, porque fuesen respetables.

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