La silla encantada

La Silla Encantada

La silla Encantada

Un día Juanito subió al cuarto donde se guardaban las cosas inservibles a buscar una jaula para un jilguero que su papá le había traído. Revolviendo entre los trastos encontró una sillita muy mona que él usaba de pequeñito. Apenas la hubo dejado en un sitio libre de trastos, la silla empezó a moverse como si fuera un caballito, y a Juanito se le ocurrió montarse en ella de cara al respaldo y decir:” ¡Arre! ¡Arre!”

La silla salió volando con su caballero por la ventana abierta, y Juanito se agarró con todas sus fuerzas al respaldo.

Después de mucho volar, comenzó la silla a descender poco a poco, y aterrizó ante una escalinata de un hermoso edificio.

Delante del palacio se extendía una gran explanada de hierba fina y suave, y a lo lejos brillaban las aguas de un lago. Hermosos árboles, cuyas hojas se movían con el suave viento produciendo una música de ensueño, y millares de pájaros alegraban aquél hermoso parque.

Juanito se bajó de la silla voladora y corrió como un loco por la verde pradera. Tanta era su alegría, que hasta se puso a dar vueltas de campana.

Así fue corriendo hasta llegar al lago en cuya orilla estaba atada una linda barquita que tenía este letrero:

Si quieres bogar tranquilo,

 Surca las aguas conmigo”

Juanito saltó dentro de la barca y empuñó los remos. La barquita comenzó a navegar por aquellas aguas tan claras que podía verse el fondo de arena y los pececitos de colores que nadaban en todos los sentidos.

Pronto llegó a una orilla cubierta de sauces que mojaban sus lánguidas ramas en las transparentes aguas, y Juanito vio con asombro que una gran carpa dorada sacaba la cabecita del agua y le decía:

-Juanito, despierta a Aurora, que está dormida bajo el sauce, y llévala al palacio.

El niño pudo ver entonces que debajo del sauce había dormida una niña preciosa vestida de blanco, con unos cabellos rubios y rizados, y la llamó:

-¡Aurora! ¡Aurora!

Abrió la pequeña los ojos, se incorporó y vino corriendo hasta la orilla. Acercó Juanito su barca y pronto estuvo la niña sentada frente a él.

-¡Hola, Juanito! – le dijo-. Has hecho bien en llamarme porque tengo ya un hambre tremenda. Creo que si no me hubieses llamado, me hubiera desmayado. Figúrate que hace un año que no como nada, y estoy dormida bajo el sauce. Vamos corriendo a casa.

Juanito remó con todas sus fuerzas, y pronto estuvieron ante la pradera que se extendía como un tapiz a la puerta del plació.

Corrieron cogidos de la mano sobre la blanda hierba, subieron la escalinata, y la gran puerta de caoba con clavos dorados se abrió silenciosamente para darles paso.

Aurora tiraba con todas sus fuerzas de la mano de Juanito, que hubiera querido ir más despacio para ver las maravillas que había en los soberbios salones que atravesaban, pero la niña le decía:

-Corre Juanito, corre, que tengo mucha hambre.

Así llegaron hasta el comedor de los niños. La mesa estaba puesta con dos cubiertos. Un rico olorcillo de pastel y pollo asado llegaba a través de la puerta e la cocina.

Apenas se hubieron sentado, unos servidores invisibles trajeron pollo asado, patatas fritas, croquetas, empanadillas, una tarta de chocolate, frutas, y, en fin, una comida estupenda. Todo lo que a Juanito le gustaba más.

Aurora comía muy bien y Juanito se esforzó en no hacer ninguna tontería, en no poner  los codos en la mesa, en coger bien los cubiertos, en no meterse el cuchillo en la boca. Aquel día sí que comió como a su mama le gustaba que comiese.

A los postres le dijo la niña:

-Has de saber, que soy la hija de un hada y de un genio. Mis padres han tenido que ir a la boda de la Princesita de las Nieves y hace un año que me dejaron dormida al pie del sauce. Hoy llegarán y traerán muchos regalos. Ven conmigo, que vamos a divertirnos un rato.

Tomó al niño de la mano y le hizo atravesar de nuevo todos aquellos soberbios salones para llevarle a uno, cuyas paredes estaban repletas de retratos de damas y caballeros vestidos con trajes de sedas, pelucas empolvadas y zapatos de raso.

Apenas entraron, comenzó a tocar solo un piano muy antiguo que había en un rincón. La música era una gavota muy linda, y todos los personajes de los retratos al oírla, se bajaron de los cuadros dejando en  los lienzos la silueta en blanco de donde ellos estaban pintados.

Una vez en medio del salón se colocaron por parejas y bailaron con una gran elegancia. Daban vueltas y vueltas, se saludaban, hacían una rueda, pasaban unos por detrás de los otros…

Los niños palmoteaban de alegría.

Terminó la música y todos los personajes volvieron a sus sitios.

Pasaron los niños a otro salón, donde había unos barcos preciosos, como bergantines y goletas con sus velas desplegadas al viento. Mientras Aurora le explicaba a Juanito que, cuando llegase su papá, los haría navegar en el lago, se oyó d pronto un ruido de campanillas de plata, y Aurora gritó:

-Ven corriendo, Juanito, que llegan mis papás.

Salieron a la terraza de la entrada y vieron que se posaba en el suelo una carroza toda blanca tirada por cisnes y que de ella bajaban el genio y el hada.

En el acto se llenó toda la terraza de muchachas vestidas de blanco. Eran las servidoras invisibles de aquellos dos señores poderosos.

El hada tomó en sus brazos a la niña. Venía toda cubierta de pieles blancas de armiño, y al quitarse el abrigo y darlo a sus doncellas, pudo Juanito contemplar una  señora hermosísima, vestida de vaporoso tul, con unos cabellos rubios como los de Aurora que, trenzados en torno a su cabeza, le formaban una diadema. El Genio traía un abrigo de piel de oso. Era muy alto y con una barba quien imponía, pero su expresión era tan bondadosa, que Juanito no sintió ningún temor. Al contrario, cuando apoyó su mano en su cabeza se sintió confiado y contento.

-Ya sé que has encontrado la Silla Encantada y que ella te ha traído hasta aquí, Juanito- le dijo el genio-.

Si eres bueno y estudioso, cada sábado podrás venir en tu silla a ver a Aurora y jugar con ella y conmigo. Traigo para ti unos libros maravillosos.

Entraron en el palacio y el Hada entonces hizo que le trajeran un cofre. De él sacó el hada una muñeca, y el Genio dos libros muy grandes que decían: “Los animales tal como son”.

-Ya es muy tarde, y debes volver a tu casa, Juanito. Yo mismo quiero llevarte.

Trajeron la silla, subió el niño en ella y después de despedirse de Aurora y del Hada se montó en la silla y salió volando por la ventana. Detrás de él iba el Genio. Pronto llegaron a casa de Juanito, y la silla se paró en el desván, en el mismo sitio donde Juanito se subiera en ella.

-El sábado próximo- le dijo el Genio-, si has tenido buenas notas, súbete de nuevo en la silla y yo haré que vuelvas al palacio. Entonces verás los libros que te traje, que son para ti, y jugaremos con los barcos.

Y, diciendo estas palabras, desapareció.

Quedó Juanito sentado en su silla restregándose los ojos, pues creía que había soñado, y se puso a trabajar tanto, que pudiese al otro sábado volver al palacio del Genio

Y, en efecto, así fue. Pero la segunda aventura queda para otro día.

Acerca de Angel

Intento sobrellevar un tiempo emocionante para sus protagonistas, cansino para el observador, de inacabable ir y venir, donde no se ha sabido acotar un terreno de encuentro ni arbitrar unas reglas del juego por todos respetadas, porque fuesen respetables.

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