La Virgen y la molinera

La Virgen y la molinera

(Tradición murciana)La Virgen y la molinerita

Hace muchos años, tantos que los viejos más viejos han perdido la cuenta, había un molino que molía noche y día. Porque el molinero era muy codicioso y nunca le parecía tener dinero bastante.

Más no era la codicia el único punto flaco del molinero, que era, además, pendenciero y cruel, y era tan aficionado a la bebida, que no pasaba día sin que regresara a su casa completamente borracho y moliera a palos a su pobre mujer. Por esto ésta, cansada de sufrir golpes y rudos tratos, decidió separarse de aquél bribón e irse a vivir sola en una choza de la montaña. Y a una hijita pequeña que tenían la llevaron a la ciudad para que la educaran las monjas verónicas.

Pero pasó el tiempo, y el bribón del molinero, al ver que no tenía quien le trabajara en el molino, quien le hiciera la cama ni le condimentara la comida- porque como era tan malo y tan avaro, no había criado ni zagal que quisiera estar con él- pensó lo que pensó…Y lo que pensó fue ir al convento de las Verónicas y sacar de él a su hijita, y llevársela al molino para que se ocupara de todas las faenas.

En vano asomaron las lágrimas a los ojos de la chiquilla, que no quería separarse tan pronto de las buenas monjitas; en vano éstas protestaron diciendo que la niña no tenía aún catorce años, que su educación no estaba terminada todavía y que era peligroso dedicarla a un trabajo rudo al que no estaba acostumbrada; el molinero, erre que erre, dijo, a su vez, que su hija había nacido en el molino y, por tanto, tenía que ser molinera, y de ahí no le sacaron.

Y al molino fue la molinerita y se encargó de la molienda, y de las faenas de la casa. Y trabajó tanto y tan rudamente y en tanta soledad- pues su padre no salía de la taberna-, que los lindos colores que trajera del convento se fueron poco apoco de su cara, que se tornó cada día más amarilla…Y el padre, aunque en el fondo estuviera contento de ella y de su trabajo, no dejaba por eso de darle de cuando en cuando algún golpe” para que anduviera derecha”, como él decía.

Pues sucedió que un día, como tantos otros, estaba el molinero en la taberna, y la molinerita en su trabajo. De pronto, cuando ella menos lo esperaba, vió a una zagalilla que llegaba corriendo con tal prisa que a punto estuvo de caer en la presa del molino.

-¿Eres tú la hija del molinero?- dijo la presurosa zagala.

-La misma soy- contestó la molinera.

-Pues sube a la montaña, molinerita, que tu madre se está muriendo allí y quiere verte.

Dijo la chiquilla y echó a correr.

La molinerita se quedó un instante pensando cómo se arreglaría para atender el deseo de su madre sin desatender el trabajo del molino. Porque era inútil pensar que su padre le diera permiso. Y si ella se iba, ¿quién cuidaría al molinero, que fuera como fuera, era ya viejo y estaba achacoso? ¿Quién le arreglaría la casa, quien le haría la comida si su avaricia y mal carácter habían ahuyentado de su lado a parientes y amigos, criados y zagales? Y, sobre todo, ¿quién se ocuparía en la molienda y demás faenas del molino, que les daban el pan a ellos y a las demás gentes del pueblo?

Todo esto pasó como un relámpago por la imaginación de la molinerita, pero al fin venció en ella el amor por su madre, que se moría sola allá arriba, en la humilde choza de la montaña. Y dejó la molienda como estaba y la comida puesta al fuego y la puerta abierta de par en par y echó a correr, hala que hala, por la montaña arriba. Pero por el camino no podía dejar de pensar en lo que, sin ella, iba a ser del molino y de su padre.

Subía, subía y, cuando estaba ya casi en lo alto, a mitad del camino del lugar donde su madre tenía la choza, vió una lucecita que brillaba delante de sus ojos. Se dirigió hacia ella y vió que era una ermita abandonada, en la que había un solo altar, con la imagen de la Virgen del Carmen. Se arrodilló ante ella y le rogó que le sacara con bien de aquella tribulación tan grande, y siguió subiendo por la montaña arriba.

Y llegó a la choza de su madre, quien, en efecto, se estaba muriendo. Más fue tanta la alegría de la buena mujer al ver a su hija, a quien hacía tantos años que no había visto, que empezó a ponerse buena, y cada día más, cada día más, hasta quien se puso bien del todo. Pero, en tanto, no quiso separarse de su hija por temor de volver a enfermar. Y así madre e hija pasaron juntas, en la choza de la montaña, largos días, que a ellas dos se les pasaron como un soplo.

Más llegó al fin aquel en que debían separarse. La molinerita no olvidaba a su padre, porque al fin era su padre y le quería bien a pesar de sus faltas, y no cesaba de pensar si al irse ella por salvar a su madre, habría sido él quien habría muerto de rabia o de abandono. Madre e hija se abrazaron con ternura, y la molinerita echó a andar, andar, montaña abajo.

También esta vez iba corriendo, corriendo, lo mismo que al subir, más no por eso se olvidó de entrar a rezar una Salve en la ermita abandonada de la Virgen del Carmen.

Y he aquí que la Virgen no estaba en el altar, ni en parte alguna de la ermita. La molinerita pensó que algunos ladrones la habían robado, y se fue muy triste, corre que te correrás, montaña abajo.

A medida que bajaba, crecía su inquietud y retenía el paso deseando y temiendo a la vez el momento de llegar al molino. Porque aunque el molinero, su padre, no le hubiese sucedido nada, estaría dado a todos los diablos por su ausencia, y a su llegada la recibiría de seguro con una regular tanda de palos. Y así, deseando y temiendo, corriendo unas veces, deteniéndose otras, llegó a la puerta del molino. Se paró en ella para cobrar aliento, y antes de entrar miró por una rendija hacia dentro y vió…

Vió la mesa muy bien puesta, muy limpia y arreglada y sobre ella una cena tan bien aderezada que solo con el olor ya decía “comedme”. Vió a su padre muy limpio también y muy tranquilo, con tan buen aspecto, que daba gloria verle, sentado a la mesa, comiendo con el mejor apetito de mundo. Y se vio, en fin, a si misma, con su mismo rostro y su mismo peinado y su mismo vestido, sirviendo la cena a su padre con mucho cariño y compostura. Y oyó a su padre que decía con mucho modo:

-Zagala, ¿por qué no cenas tu también? De verdad te digo que de unos días a esta parte, me haces unos guisados tan sabrosos, que cuando los como, me parece que estoy comiendo gloria.

Y la molinerita, que estaba fuera, no pudo oír lo que la molinerita de dentro contestaba, pero si le pareció ver alrededor de aquella cabeza ¡tan igual a la suya!, un nimbo o resplandor de luz. Sin saber lo que hacía, dio un paso hacia la aparición, más ella se disipó en aquel instante. Y ella continuó sirviendo la cena a su padre, sin que el molinero se diera cuenta de la rara maravilla que ocurría a su lado.

Entonces comprendió nuestra molinerita por qué a su regreso no estaba en la ermita abandonada la imagen de la Virgen del Carmen. Mientras ella cuidaba y atendía a su madre, la Excelsa Patrona de Murcia había hecho sus veces al lado del irascible molinero.

Y cuentan las gentes del contorno que el molinero no volvió a la taberna, ni dio ya jamás malos tratos a su hija, que recobró poco a poco los colores de la cara.

Y poco a poco, también fue volviéndose él bueno, tan bueno que no había más que pedir. Y una buena mañana subió con su hija, la molinerita, a buscar a su mujer, la que vivía allá arriba en la solitaria choza de la montaña, para llevársela al molino y que ya no se separase nunca de él y de su hija. Al bajar entraron los tres en la ermita abandonada, y rezaron una Salve a la Virgen del Carmen, la que, según cuentan que cuentan en la ciudad de Murcia, quiso hacer unos días de molinera.

La Virgen y la molinera

Acerca de Angel

Intento sobrellevar un tiempo emocionante para sus protagonistas, cansino para el observador, de inacabable ir y venir, donde no se ha sabido acotar un terreno de encuentro ni arbitrar unas reglas del juego por todos respetadas, porque fuesen respetables.

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