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Aforamiento sin sentido

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El estado de nuestra Nación va camino de entrar en cuidados intensivos por congestión. El paso que hemos dado de un régimen dictatorial a la Democracia, nos ha hecho comportarnos como glotones, ante un preciado y hermoso dulce prohibido por prescripción facultativa. De cruzar los Pirineos para ver a Marlon Brando y a María Schneider haciendo un innovador uso de la mantequilla, hemos pasado a tener que utilizar ese tipo de lubricante de forma diaria si noqueremos tener escoceduras. Porque no hay forma de afrontar el reto diario que supone tener que subsistir en esta sociedad confundida y enferma.

Si para qué las victimas de asesinos sigan teniendo derecho al respeto que la Constitución les otorga, tienen que ir por libre sin la protección de los poderes del Estado enfrentándose a quienes quieren equiparar a los muertos de una guerra fratricida, con la cobardía de una bomba en los bajos del coche o en centros comerciales, es que algo no funciona.

Si las decisiones y correcciones de los políticos que nos han tocado en suerte, tienen que pasar por el chantaje en las calles, en vez de lograr un consenso en los lugares adecuados para ello y con las formas previstas, es que somos unos inconscientes.

Si una estafa de 333 euros denunciada por “phising” o lo que es lo mismo, suplantación de identidad, ha llegado al Supremo por inhibición de los juzgados en la determinación de la competencia, y ha tenido que ser  un fiscal del TS quien tenga que calificar de absurdo que “un proceso de tal entidad acabe pasando por tres provincias y ocho juzgados”, además de mal uso de los medios del Estado, existe una falta total de congruencia en nuestra normativa.

Cuando un gobierno ve a sus ciudadanos como “entes” a quienes salvar con  imposiciones y  sin ningún tipo de dialogo, sin importarles lo más mínimo lo que pensamos, solo resta demostrarles que están equivocados. Que los “entes” son ellos y dependen de nosotros; que han sido elegidos de forma democrática para que aporten soluciones con trabajo- remunerado, no gratuito-, por tanto: si no sirven, sino que se sirven, hemos de echarles.

 Lo peor es, que  la única forma de echarles es con votos y esa oportunidad la tenemos cada cuatro años; así que,  cuando queramos hacer uso de ella, de nuestra oportunidad, ya nos hemos ido al garete. Por eso es urgente acabar con el aforamiento creado en el derecho procesal antiguo para proteger “su libertad de expresión en su defensa de lo público”, y que hoy no tiene sentido convirtiéndose en una coraza de protección de desmanes, fechorías e incompetencias.