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La ley Fernández y su objetivo: proteger al ciudadano

La ley Fernández y su objetivo: proteger al ciudadano

La “Ley Fernández y su objetivo: proteger al ciudadano

El anteproyecto de la nueva ley de seguridad ciudadana, bautizada ya como “ley Fernández”, está levantando ampollas entre los grupos que temen que su libertad se vea coartada. Y la verdad, eso espero, porque con la forma de utilizar la libertad que han tenido, en algunas- en muchas- ocasiones, han quebrado la mía.

Un ciudadano de bien, que sabe vivir en sociedad, tiene en cuenta la línea que no hay que cruzar. El ciudadano cívico no cruza esa  línea roja que invade los derechos y libertades de otros. Y ahí precisamente, es donde les duele a quienes están acostumbrados a transgredirla de manera impune.

Estoy en total desacuerdo con la tendencia que tienen los gobiernos de imponer a golpe de norma y decreto; en total desacuerdo con las prohibiciones de conductas que no invaden el espacio ajeno. Pero cuando se crean normas a fin de acotar los desmanes de algún grupo desestabilizador y transgresor, aunque me considere “anti-normas”, me alegro, aplaudo y apoyo a la ley Fernandez y su objetivo: proteger al ciudadano.

¿Porque a quien puede molestar que:

  • Protección a los agentes

Se intente velar por los Cuerpos de Seguridad del Estado ante amenazas, vejaciones y protección de sus funciones y de su intimidad.

  • Prostitución.

Evitar la oferta de sexo cerca de los colegios o zonas infantiles, así como en los arcenes de las carreteras.

  • Drogadicción

La tenencia, consumo y abandono de jeringuillas y otros útiles usados para drogarse en la vía pública, o el transporte de toxicómanos a zonas de compra y venta de estupefacientes.

  • Botellón.

La perturbación del descanso de los vecinos y evitar el estercolero que dejan tras de sí los integrantes de botellones en las zonas habitadas.

  • Multas a los padres

Evitar a los delincuentes tempraneros el amparo que la legislación les ofrece por su minoría de edad, a la par que obligar a los padres “pasotas” con las actividades de sus hijos a pagar su irresponsabilidad e incumplimiento de sus obligaciones.

  • Escraches

Amparar y proteger a las personas con cargos públicos –o no-, del acoso en su propio domicilio de energúmenos incontrolados. Si han cometido algún delito, que se les juzgue y condene como a cualquier ciudadano, pero no agredirles en su domicilio ante su familia. El domicilio ha de ser un reducto sagrado.

  • Deslumbrar con láser

Evitar el deslumbramiento de conductores de tren, metro o pilotos con laser. Claro, ahora algunos energúmenos se aburrirán y tendrán que buscar otro entretenimiento.

  • Manifestaciones

Evitar las concentraciones sin comunicación previa. Proteger de asaltos infraestructuras críticas para la seguridad- aeropuertos, centrales nucleares o altos tribunales-, como también esconderse detrás de máscaras para dificultar el llamado terrorismo urbano, que tanto dinero cuesta a los contribuyentes. Quemar papeleras y contenedores o romper escaparates, ahora será más difícil.

  • Cacheo e identificación

Regular los cacheos e impedir que estos se hagan por motivos racistas, pero se podrá requisar el DNI para la comprobación de su validez.

  • Vandalismo

Será falta grave: quemar neumáticos y cortar calles; escalar edificios, maltratar animales, dañar el mobiliario urbano.

Perturbar gravemente acontecimientos deportivos, religiosos o cualquier tipo de acto.

Pues todo esto, en resumen, son las normas que hacen decir a ciertos grupos que estamos ante “un retroceso social” y una imposición fascista. Está claro, que ellos son quienes nos han hecho retroceder socialmente, al haber hecho mal uso de la libertad conseguida después de muchos años. Todos estos grupos deberían de haber sido erradicados de nuestra sociedad de manera tajante, hace tiempo. Y ahora, a golpe legislativo, se intenta recuperar algo que nunca deberíamos de haber perdido: el civismo.

Por tanto, no es retroceso social lo que ahora nos imponen. El retroceso social es el que se ha conseguido dando “cuerda” a ciertos grupos de izquierdas que viven sumidos en un estado constante de lamentación ante lo injusto del sistema, esperando vivir de las ayudas sociales, paseando el perro y tocando la flauta. Mientras, los demás trabajamos- o intentamos trabajar-, y ser útiles a la sociedad.

También quiero que conste mi total desaprobación por el importe de las multas, porque una vez más se demuestra que nuestros políticos, los que viven en las nubes lejos de sus ciudadanos, no tienen ni idea de las cifras  que afrontamos en nuestra realidad cotidiana. Están “desorbitados”.