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Personas Normales

Personas Normales

Hombre Triste

A la cabeza me viene el refrán español que dice: Dios me guarde de amigos, que de los enemigos me guardo yo.

Pues con una pequeña variación, quedaría así: Dios me guarde de las personas normales, que de los violentos me guardo yo.

Aún no salimos de nuestro asombro en relación de la muerte de Asunta en Galicia, cuando salta a primera página de los diarios, la muerte y descuartizamiento de un hombre a manos de su hermano. Si el asombro y la repulsa hacia el primer caso, no lo es menos el segundo.

¿Qué tienen en común ambos casos?: pues que todos los inculpados están o estaban considerados “buenas personas”, “personas normales”,  por los vecinos y conocidos, con vida normal e incluso modélica; todos tienen una preparación académica importante y  en ambos casos hay relación de parentesco y, por tanto, de confianza.

No puedo imaginarme que pueda pasar por las cabezas de las personas antes de acabar de manera fría y calculada, con la vida de un hijo, que además de estar a merced de las personas mayores por su fragilidad física, están a tu lado con la guardia bajada porque confían en ti.

Como se puede tener a un hijo inerte entre tus brazos y en vez de morirte mil veces con él, alguien puede ser capaz de envolverlo y dejarlo tirado en un campo a merced de las alimañas, volviendo a tu casa y hacer vida normal como si no hubiera pasado nada.

Lo mismo con el caso de Palma: matar a un hermano, irse a desayunar al bar tranquilamente, a la escuela a dar clase de religión a sus  alumnos, descuartizar el cuerpo, envasarlo y convivir bajo el mismo techo durante quince días.

Desde la noche de los tiempos, el enfrentamiento entre los humanos nos ha deparado un sinfín de conflictos, con episodios cruentos y que harían estremecerse a cualquiera con corazón. No vamos a caer en la utopía de pedir y creer que todo el mundo pueda y deba vivir en paz, que se  acaben las guerras  el hambre y las injusticias sociales. El hombre como tal, no puede evitar desde la cima del reino animal, convertirse en su propio depredador a falta de alguien superior, a falta de Dinosaurios. Pero para el hombre del siglo XXI, considerado como racional, se supone que los instintos animales han quedado, al menos, controlados.

Pero cuando veo a un perro dar vueltas sobre sí mismo para echarse sobre las baldosas de casa, no puedo dejar de pensar, que si ellos aún conservan ese instinto de aplastar las hierbas altas para hacerse cama, como hacían sus antepasados, reminiscencias de los nuestros afloran en ocasiones, dando paso a escenas como las que acontecen.

O quizás como animales que hemos reemplazado a los Dinosaurios, nuestro final, no venga en forma de Asteroide, sino de autodestrucción.