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Ansiedad, frustración y enorme preocupación

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Cuando el robo, el desfalco, el soborno y la corrupción definen el “qué hacer “de la clase política, estamos ante un enorme problema, que nos causa enorme preocupación. Y ese problema se recrudece porque a  los ciudadanos de “a pie” nos resulta imposible  tomar medidas para paliarlo.

Imposible tomar medidas, porque en la democracia representativa que tenemos, la única opción pasa por depositar un voto en las urnas repartidas por todos los lugares de España, incluso en aquellos en que no llegan ni los mínimos servicios.

 Pero los carteles con fotos retocadas de los candidatos si llegan, los sobres llenos de promesas con el trabajo hecho de introducir una papeleta en un sobre que algún voluntarios se ocupo de ensalivar, también.

Al día siguiente se olvidan de sus promesas porque están muy ocupados en sus reivindicaciones personales, en restregarnos por las narices su desfachatez y en hacer guiños al fotógrafo frustrado porque sabe que en ese circo nunca conseguirá un Pulitzer.

¿Qué pasó con las costumbres sociales que llevaban implícitas  la honestidad, el buen carácter, la ley, el orden, el buen gobierno, la necesidad de elevar el bien colectivo por encima de la codicia individual?

Porque en  un país donde lo único importante son las ambiciones particulares de los activos de la  política, las ambiciones de partido, la situación del mismo respecto a la Rosa de los Vientos, los colores corporativos  y los sueldos + dietas + gastos, los votantes salimos perdiendo.

No importan las inversiones en proyectos que crearían riqueza en la ciudad: lo importante es cambiar el nombre de las calles. Tampoco importa el acondicionamiento de las ciudades para recibir y agasajar a los visitantes que llenarán las arcas municipales y salvarán las cuentas del comercio: es más importante prohibir la expansión.

El momento actual, es un momento de ansiedad, frustración y de enorme preocupación. Y esa desazón no desaparece cuando vemos las actitudes y aptitudes de algunos de esos gobernantes,  aquellos que supuestamente han de sacarnos de ese pozo por el que llevamos arrastrándonos desde hace mucho tiempo, demasiado.

Las explicaciones psicológicas y sociológicas sobre el desempleo, no son herramientas de reparación sino que aíslan la culpa y estigmatizan a las personas desempleadas. La falta de empleo se ha ido convirtiendo en una compañía cotidiana entre los males y carencias sociales. Se ocultan las realidades, y las actitudes de los políticos que nos han tocado en suerte no devuelven el sueño ni liberan de la enorme preocupación a quien lo ha perdido camino de la oficina del paro.

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