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El síndrome de Hubris, o la falta de diálogo

El síndrome de HubrisSíndrome de Hubris

La política existe desde que los seres humanos decidieron vivir en comunidad. Los políticos existen porque aquellos seres humanos decidieron crear unas bases de convivencia  que no son otra cosa que una serie de normas de convivencia escritas sin las cuales existiría el caos. La democracia representativa existe porque los pueblos y tribus fueron creciendo lo  cual  imposibilitaba el voto a mano alzada.

Pero en la edad moderna la política es una forma de comunicación, un estilo de vida y sus ejecutivos han demarrado hacia el lado oscuro, es decir, hacia el lado opuesto en el que están los ciudadanos convertidos en meros elementos productivos a los que explotar, ciudadanos con voto pero sin voz.

Del vocablo griego “hybris”, el síndrome de Hubris describe a quienes son arrogantes, soberbios, excesivamente complacientes sobre sus actos, a quienes creen que los demás están equivocados, a quienes piensan que reinaría el desastre si ellos no estuvieran ahí. Este cóctel es el que produce la embriaguez de poder.

Este síndrome no conoce fronteras porque el ego no las tiene. En todos los lugares del mundo, en todos los países, existen políticos infectados y por ende, ciudadanos afectados.

Partiendo de la base en que no hay nadie apolítico y que ésta es una denominación recurrente para evitar el compromiso, todos somos damnificados de la enfermedad que contagia a nuestros legisladores: el síndrome Hubris

Las consecuencias del síndrome de Hubris es el peaje que hemos de pagar los ciudadanos por nuestro derecho al voto. Los gobernantes que llevan tiempo en el poder pierden la noción de la realidad, dejan de escuchar cualquier consejo y creen que la razón, su razón, es la verdadera.

Los aduladores que constantemente le reconocen su valía, los cobardes que evitan cualquier crítica para no complicarse la vida y atraer hacia sí la ira del líder son el caldo de cultivo para una cierta inestabilidad mental.

Algo está cambiando

Hasta ahora el llamado síndrome de Hubris estaba producido por un excesivo tiempo en el poder, pero algo está cambiando: hay quienes lo padecen y aún no lo han tocado.

En España, los últimos acontecimientos demuestran lo acertado del diagnóstico pero también la inutilidad de ese reconocimiento porque a medida que avanza el tiempo de instauración de la democracia en nuestro país, se reduce el peso de los ciudadanos en las decisiones que nos afectan. Nos hemos quedado reducidos a ser “un voto” en una urna de plástico tranparente cada vez que los políticos necesitan renovar su contrato.

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